El director

El director

[Todo podría haberse explicado por una torsión del espacio-tiempo, pero eso no se lo iba a creer nadie.]

Yo mismo.

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(Narrador)

Adriana era la última violinista en haberse incorporado a la orquesta. Era la más joven. En realidad había ocupado una plaza que había quedado vacante a mitad de temporada tras un accidente del que nadie quería hablar. El flamante auditorio en el que tocaban, construido unos años antes como lugar de residencia permanente de la orquesta, era precioso, pero muy reducido para los instrumentos de cuerda. El director opinaba que era mejor así, todos estaban más cerca, los sonidos se concentraban más y se conjuntaban mejor y sus órdenes llegaban más fluidas a todos los componentes. No había dónde esconderse.

El director era muy estricto en los protocolos, incluso en los ensayos ejecutaban el mismo orden de salida que después mostrarían al público en los conciertos. El lugar que ocupaba Adriana, al final de todos los violines, era el que estaba más cerca de la puerta de acceso, pegado al piano y al arpa, y tenía que hacer un escorzo cada vez que salía el director para que éste no se la llevara por delante; aún así, con la contorsión que realizaba, en cada salida el director la rozaba sin contemplaciones y sin una disculpa. A Adriana le costaba concentrarse después en la partitura. Al principio pensó en hablar con él, pero por prudencia, por precaución, al ser nueva, decidió esperar a conocerlo un poco mejor. Al cabo de unos días se dio cuenta de que había hecho bien en esperar; era un hombre estricto al que nadie osaba decirle nada y él no daba pie a que nadie lo hiciera. La comunicación era la justa y necesaria para que la orquesta funcionara, pero con ese método nadie podía esperar pasión, ni brillantez en la ejecución del programa. El resultado era siempre corrección formal sin ningún tipo de aventura.

Al final, Adriana habló con la primera violín quien le aconsejó que no protestara ni dijera nada a nadie; al director le llegaba todo y era un hombre bastante vengativo cuando se le contrariaba.

La orquesta era un mundo en sí mismo, lleno de diversidad y animación, y de una cierta endogamia entre sus miembros. Había parejas, grupos de amigos, hombres que vestían de manera mucho más informal que otros dentro del negro absoluto exigido en la vestimenta, mujeres bellísimas con vestidos escotados o con la espalda al aire, otras que lucían un discreto tatuaje en un hombro, en el omoplato o en el tobillo.

Adriana era una magnífica solista, pero, siendo el último violín de la orquesta, apenas podía destacar. Era muy guapa e independiente y el roce del director la incomodaba.

 

Entre ensayos y viajes, los miembros de la orquesta pasaban mucho tiempo juntos. El director jamás viajaba con ellos en el autocar acondicionado para el transporte de toda la orquesta. En la primera salida que hicieron tuvo que sentarse sola; todo el mundo parecía que tenía ya su pareja de viaje y no iba a ser fácil integrarse en aquel universo.

Los percusionistas eran un mundo cerrado, todos hombres que tenían su propio código, sus bromas, sus conversaciones en las que enseguida hacían notar que allí no tenías cabida. El sitio natural de Adriana eran los violinistas y allí trató de integrarse como pudo.

 

***

(Victoria)

Adriana es una mujer bellísima y una solista fantástica. En las pruebas que le hicimos para suplir a la malograda Eva destacó por encima de todos los demás por su ejecución limpísima. Además su currículum era brillante para los pocos años que tenía. Tanto el director como Amy la gerente de la orquesta, como yo, nos pusimos de acuerdo enseguida para elegirla a ella.

Ayer me vino a contar que el director la molesta cada vez que entra en escena. Me he acordado de Eva que tantas veces se sintió molesta y se me ha erizado toda la piel del cuerpo. Y, sin embargo, no quiero recordar, no quiero saber; me conformo con tocar mi violín y asegurarme que todo en la orquesta funciona bien, que todo el mundo está atento y concentrado en lo que hacemos. No quiero saber nada de él que no sea lo estrictamente profesional. Si está entretenido con otras, pues mejor para mí, así me dejará al margen.

 

***

(Adriana)

El director me ha invitado a una fiesta en su casa. Es muy atractivo, pero de alguna forma sé que es peligroso, por la forma como me empuja al entrar en el escenario o como me roza ahora que estoy atenta. Me desconcierta, sin embargo, la forma que tiene de conducir a la orquesta: yo la escuché cuando aún era estudiante hace años interpretar el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky y me pareció genial, una versión llena de alma como no había escuchado nada antes. Apenas ha cambiado nada en la orquesta, pero ya no hay esa pasión, esa brillantez; ahora nos limitamos a interpretar con corrección y formalismo. Eso sí, una corrección perfeccionista: Max, el director, no perdona una nota fuera de lugar o una entrada a destiempo de cualquier instrumento. Tiene un oído finísimo y parece adivinar cuando se produce una asincronía por muy pequeña que sea.

 

***

(Amy)

Max me asusta, sigo sin saber si es ángel o demonio aun conociéndolo desde hace tantos años. Cuando lo contraté para dirigir la orquesta hace ya cinco años, conocía su pasado, su cambio de nombre, su brillantez de joven director superdotado, también la leyenda negra que le acompañaba, su carácter obsesivo y su fama terrible con las mujeres, aunque nadie nunca pudo probar nada. Tampoco tras el suicidio de Eva nadie le pudo relacionar con el asunto y, sin embargo, su sombra flotaba sobre todo lo que había sucedido. Es inevitable que piense en él como responsable último del final de la pobre chica porque su personalidad lo invade todo, termina por envolvernos a todos los que lo tratamos de una u otra forma; incluso Victoria, la primera violín de la orquesta, parece hipnotizada por el genio de Max.

 

***

(Victoria)

El suicidio de Eva con la cuerda de violín al cuello y ese nudo corredizo tan difícil de atar me dejaron desolada. Eva y yo habíamos sido amantes; a ella no le gustaban las mujeres, pero sé que yo la gustaba y quiso probar el sexo conmigo cuando se lo propuse. No le disgustó, pero al cabo de unas semanas me dijo que prefería a los hombres y que creía que se había enamorado de uno. Le agradecí su sinceridad; yo no me había hecho demasiadas ilusiones con ella porque sabía desde el principio que prefería a los hombres, así es que aún sintiéndolo mucho porque me gustaba como era, acepté lo que me decía con cierta dosis de resignación.

Hubo una época en la orquesta en la que Max, contagiaba a todo el mundo su entusiasmo y tocábamos con genio e ilusión; había risas, alegría, y creo que cada cual daba lo mejor de sí mismo en cada instrumento, pero, tras la muerte de Eva, ya nunca hemos vuelto a tocar igual; es como si hubiéramos perdido el alma en aras de una exquisita corrección formal. Incluso el repertorio es triste. Aunque lo elegimos entre Amy, Max y yo misma, creo que él acaba imponiendo lo que quiere, pero lo hace tan bien que ni Amy ni yo somos plenamente conscientes de cómo lo consigue.

 

***

(Adriana)

En la fiesta en casa de Max no estaban todos los miembros de la orquesta, pero sí bastantes de entre ellos. Fue una fiesta elegante. El chalé de Max tiene dos plantas y quizás un sótano. Es absolutamente moderno y diáfano, dos prismas casi enteramente acristalados, uno encima del otro, girados. Desde el exterior, las enormes paredes de cristal le dan un aspecto verdoso. Tiene una piscina delante de la casa en una zona ajardinada. Solo vi la planta baja, una cocina apenas separada del salón que ocupaba toda la planta, y un despacho sin apenas decoración. Max no me hizo demasiado caso, aunque le vi mirarme de soslayo de cuando en cuando. Durante la fiesta, Victoria me dijo que íbamos a comenzar a ensayar el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky; me produjo una envidia sana, porque desde que se lo escuché a ellos era uno de mis conciertos favoritos; me lo sabía de memoria y podía hacer el violín solista sin ensayar apenas. Lo había tocado en la calle decenas de veces, en varias ciudades de Europa.

Al terminar la fiesta, Max se me acercó y me pidió que me quedara un poco más, quería mostrarme algo cuando todo el mundo se fuera.

En efecto, cuando todo el mundo se fue, Max bajó una pantalla en una de las paredes y encendió un proyector. Nos sentamos para ver un biopic sobre la vida de Tchaikovsky. Estaba en alemán y Max iba traduciendo sobre la marcha. Yo no sabía demasiado sobre la vida de este músico, salvo quizás que era homosexual y que había sufrido por ello a lo largo de toda su vida. Allí me enteré de su relación epistolar con la viuda Nadezhda von Meck, unas mil cartas durante 13 años. En ellas estaban sus motivaciones y sus anhelos vitales, también un mundo de sufrimiento ilimitado que seguramente había influido en la hondura emocional de algunas de sus obras. Había muchas hipótesis sobre su muerte días después de estrenar su sexta sinfonía, la Patética. Max me dijo que él prefería la del envenenamiento con arsénico.

 

***

(Amy)

Me alegré y asusté a un tiempo cuando Max me dijo que incorporarían al repertorio de esta temporada el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky. Ese había sido uno de nuestros grandes éxitos unos años atrás, cuando Max rebosaba ilusión y energía y era capaz de transmitirlo a cualquiera que estuviera a menos de veinte metros de él. Me preocupé porque Eva había sido la violín solista en aquella interpretación. Eva era brillante y tenía una energía y un don que Victoria ahora no posee por más que sea extraordinariamente correcta. Pero, si Max ha decidido hacerlo, será porque cree que puede salir bien.

Cada semana tenemos el aforo completísimo a pesar de que la orquesta, en opinión de los críticos, no transmite la emoción de antes, pero también algunos me dicen que la emoción flota en el ambiente y que todo el mundo cree que en cualquier momento va a salir una interpretación magistral y nadie quiere perdérselo cuando ocurra.

 

***

(Victoria)

Max me llamó a su casa hace unos días para decirme que íbamos a interpretar el concierto para violín de Tchaikovsky, que si me veía preparada para ensayarlo e interpretarlo. Le dije que sí, aunque yo misma estaba asustada: no me creía que pudiera emular aquel concierto en el que Eva, magnífica, lo interpretó hace unos años, pero confiaba en que, si Max pensaba que podía hacerlo, lo haría bien.

Los primeros ensayos fueron bien; Max estaba contento, volvía a tener el brillo que le habíamos conocido en los ojos y había energía en el ambiente, todo el mundo estaba muy atento. Sin embargo, ayer algo parecía no gustarle, nos pidió a todos más intensidad, más ritmo. Nos dijo que nos faltaba sufrir con el instrumento. En un momento del ensayo, cuando yo estaba con una de las partes del solo de violín, detuvo el ensayo diciendo: “No, no, no hay pasión” y enfadadísimo rompió su varita con ambas manos en la rodilla y se fue dejándonos en el auditorio desamparados. No supe qué hacer y, tras esperar unos minutos, decidí dar por terminado el ensayo.

***

(Adriana)

Ayer Max rompió su varita en el ensayo y todos nos quedamos consternados. Es algo que yo no había visto hacer nunca. Victoria dio por concluido el ensayo. Esa vehemencia de Max me gustó y me abrió los ojos hacia algo que llevaba días sofrenando: Max me gustaba, empezaba a sentir hacia él una leve atracción.

Por la noche Victoria me llamó por teléfono, tenía dislocados dos dedos de la mano izquierda y se los habían vendado. No sabía cómo había sido, estaba con Max en su casa pero no recuerda nada. Éste le dijo que se había caído y fue quien la llevó a urgencias. Victoria quería saber si yo sería capaz de sustituirla con el violín en el concierto de Tchaikovsky, Max le había pedido que me llamara.

Aunque creo que sí sería capaz de tocar el violín solista en el concierto de Tchaikovsky, mi autoestima no es demasiado alta. La sombra de mi padre metiéndose, él y su dinero, en todos mis asuntos siempre me persigue, de hecho no sé ni siquiera si él influyó para que yo entrase en esta orquesta.

He quedado en ir a casa de Max esta tarde; me ha pedido que lleve el violín. Espero que despeje mis dudas sobre si soy capaz de interpretar el concierto con el nivel de exigencia que él desea.

 

***

(Amy)

Todo el asunto del esguince en los dedos de Victoria me parece obra de Max. Mi teoría es que no le gustaba la falta de pasión con que ella interpretaba el concierto de Tchaikovsky. Sé que está obsesionado con esa obra y con ese compositor. Me ha comunicado que va a probar con Adriana. Temo por ella, no sabe en la cueva de Alí Babá en la que se está metiendo la pobre. Espero que Victoria no sienta además animadversión hacia ella y que el resto de la orquesta respete el deseo y las órdenes del director.

***

(Narrador)

Adriana acudió con su violín a la casa de Max; al abrir la puerta, ambos se quedaron mirando frente a frente y notaron que la respiración del otro estaba agitada. El deseo sexual entre ambos se había vuelto denso y casi podía cortarse en el ambiente.  En los últimos ensayos Adriana ya no rechazaba el contacto con Max, era ella la que decidía el roce que se harían al entrar él, con qué parte del cuerpo y con qué intensidad. Tentada estuvo incluso de hacerle tropezar alguna de las veces.

Tras unos segundos muy intensos de parálisis, ambos se fundieron en un abrazo de fuerza inusitada que enseguida dio lugar a un beso larguísimo. Ya en el interior de la casa, en el mismo salón, tuvieron un sexo precipitado y urgente solo pausado el tiempo necesario para que Max fuera a buscar un preservativo al piso superior. Todo fue muy rápido, pero ambos quedaron desfondados por la intensidad de la descarga emocional que había tenido lugar entre ellos. Aún abrazados y desnudos, bajo una manta de cuadros grises y blancos, Max le dijo a Adriana que confiaba en ella como violín solista para sustituir a Victoria en el concierto de Tchaikovsky.

Adriana, aún eufórica por la serotonina proporcionada por el sexo, tocó para Max toda la parte solista del concierto, con brillantez y emoción, con una pasión que le hizo exclamar a Max nada más terminar: “Deberíamos tener sexo justo antes de cada concierto”.

A ambos les brillaban los ojos cuando subieron al dormitorio de Max. Éste, con una habilidad pasmosa, soltó dos cuerdas del violín de Adriana e hizo unos nudos correderos que ella nunca había visto. Le pidió permiso con la mirada y ella le tendió ambas muñecas que Max besó, lamió y sorbió con fruición antes de pasar por ellas los nudos corredizos que había realizado. Después ató los cabos al cabecero de la cama de forma que, si Adriana aflojaba los brazos, apenas sentía las cuerdas y podía incluso liberarse, pero, si tiraba un poquito las cuerdas, se le pegaban a las muñecas y, si tiraba más aún, podía llegar a sentir un dolor muy intenso.

***

 

FIN

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El Buscasetas

 

El Buscasetas

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El Buscasetas (BS) se encuentra haciendo de guía por los intrincados bosques de la localidad. Tiene 16 años y no para de moverse. Sabe de todo y de nada.

Hoy ha coincidido con dos animosos buscadores que nada saben de esta zona, Castiz (CS) y Orsado (OR). Un amigo de la zona les ha recomendado al Buscasetas para que puedan aprovechar el día y ellos le pagarán 20 euros por acompañarlos.

  • (BS) En estos bosques ya se ha perdido más de uno, que son huraños y cerrados.
  • (CS) Pues no te despistes, chaval, que yo soy propensa a perderme en los vados.
  • (OR) Ya conozco yo a uno que se perdió y estuvo dos días vagando por estos pinares, y cuando lo encontró un guardabosques estaba medio loco, y del todo no se ha recuperado.

El Buscasetas brinca por encima de las ramas como un corzo joven, husmea aquí y allá, encuentra un corro de setas y enseguida, alborozado, corre a dar cuenta de ello a Castiz y Orsado.

  • (OR) ¡Una amanita cesárea, la reina de las setas!
  • (BS) ¡Bah! De esas hay aquí a montones. Yo no las cojo porque a mi padre no le petan…
  • (OR) Pues deberías, rapaz, son las más apreciadas por los gastrónomos, y se venden por muchas pesetas.

El Buscasetas abre los ojos como platos y en su rostro se dibuja una sonrisa.

Mientras, Castiz se ha alejado un poco y está cortando una seta que no conoce pero que le llama la atención por su colorido; se le resbala un poco la navajilla y se corta levemente en un dedo. Instintivamente se lleva el dedo a la boca y chupa su propia sangre.

Cuando levanta la cabeza y mira a su alrededor, los árboles parecen moverse ondeados por una fuerza invisible y no encuentra a nadie en su campo visual. La seta que acaba de cortar atrapa su mirada. Castiz evoca otro momento que su mirada quedó atrapada por la mirada de un hombre. Ella iba en el coche conduciendo y, al pasar por delante del colegio al que asistían sus hijos, un hombre se la quedó mirando desde la acera a su izquierda. Después supo que el hombre había quedado fascinado por el perfil de su rostro, pero en ese momento giró tanto la cabeza que no vio el impacto con el coche de delante, solo lo sintió. Afortunadamente no iba deprisa, pero la avería del vehículo fue considerable.

Orsado tarda unos minutos en darse cuenta de que el Buscasetas ha desaparecido, concentrado como estaba en las amanitas. Tampoco localiza a Castiz, y una sacudida nerviosa recorre su cuerpo de arriba abajo. ¿Cómo pueden haberse fiado de ese arrapiezo larguirucho y sabiondo?

Si tuviera su saxo a mano, emitiría un lamento agudo y prolongado. De repente empieza a sudar porque se ha acordado de que esta tarde a las 8 toca con su cuarteto en un local de copas. ¿Y si no consigue salir del pinar a tiempo?

Varias horas más tarde, gracias a sus teléfonos móviles, Castiz y Orsado logran salir de la enorme extensión de pinos. “Un mar de pinos” dirían los guardabosques que rescatan a Orsado. Castiz logró salir por sí misma siguiendo durante varios kilómetros un tendido eléctrico que localizó por casualidad.

El Buscasetas se reía flamante en su bicicleta recién estrenada y aún le habían sobrado 100 euros que llevaba en el bolsillo.

FIN

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Rumano

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La idea no fue mía, fue del periódico alemán Munchen Zeitung, que se puso en contacto conmigo a través de mi periódico de Tirgoviste. Les interesaba que escribiera un reportaje de primera mano sobre la emigración rumana a los países del sur, para publicar en su suplemento dominical; pero no querían un estudio periodístico al uso, sino que la sugerencia que me lanzaron desde el primer momento fue la de que yo mismo de incógnito realizara ese viaje migratorio, haciendo de sombra a otro u otros compatriotas míos que en realidad fueran a intentarlo. Según el redactor jefe de mi periódico yo era la persona indicada para hacer de “sombra” en ese viaje, por cuanto no tenía familia a mi cargo, y por mi físico podía pasar desapercibido como uno más de los miles que cada mes emigraban ilegalmente del país en busca de mejores condiciones de vida.

La historia de cómo llegué hasta Dimitri es poco interesante; digamos que recurrí a mis confidentes en Bucarest para que ellos me pusieran en contacto con alguien del norte, de las estribaciones de los Cárpatos, de una ciudad llamada Bistrita que había decidido emigrar a España.

Dimitri trabajaba en lo que le salía al paso, reparaba tuberías rotas por las heladas, o en la construcción de una casa, o en las brigadas que se establecían tras las nevadas para despejar las carreteras; era un tipo rudo y fornido, con unas manos muy grandes, y una cicatriz en la cara que le daba un aspecto algo siniestro. Tras el último invierno, a instancias de uno de sus primos que había conseguido llegar a España en la primavera anterior, se decidió él también a abandonar el país de sus antepasados. La carta de su primo le había llegado en Navidad, y le contaba con quien debería contactar para salir del país, y aproximadamente la ruta que debería seguir. A su llegada a Segovia, una ciudad del centro de España, él se encargaría de buscarle trabajo en la misma granja de cerdos en la que se encontraba trabajando. Al contacto que le proporcionó su primo se le conocía con el nombre de Gabro, y le organizaría el viaje a cambio de 500 euros, los mismos que hube de pagarle yo.

Gabro no garantizaba nada, tan sólo te proporcionaba unos mapas de varios países en los que se señalaba por dónde se debía cruzar la frontera, además de un pasaporte italiano que no debíamos utilizar hasta llegar a Austria. Al parecer era más fácil obtener un pasaporte falsificado en Italia que en ningún otro lugar de la Unión Europea.

Con muy poco dinero, una mochila con un par de mudas y un saco de dormir, un viejo abrigo raído que encontré por casa, y un cuaderno con un par de bolígrafos, salimos en tren desde Bistrita, sin billete, intentando esquivar al revisor cosa en la que nos convertiríamos en auténticos expertos en los días siguientes. La primera vez que vi a Dimitri, en casa de Gabro, intentó sonreír, dejando al descubierto una dentadura amarillenta, pero apenas intercambiamos palabras.

La idea era dejar el tren antes de llegar a Oradea, para pasar la frontera a pie por un antiguo paso fronterizo abandonado y dirigirnos a pie unos 40 kilómetros al norte hacia la ciudad de Debrecen donde cogeríamos otro ferrocarril que nos llevaría a Budapest.

 

Las cosas no serían tan fáciles como nos habían contado: nos echaron del tren en dos ocasiones antes de llegar a la frontera húngara; fuera hacía frío y no era fácil subirse al tren sin despertar sospechas. Por fin, pasamos la primera noche al abrigo de una garita abandonada en el antiguo puesto fronterizo, un lugar inhóspito, rodeado de maizales amarillentos aún sin recoger. Empecé a pensar que aquello era una aventura suicida, sin casi víveres, procurándonos agua en una cantimplora que llevaba Dimitri; pero éste parecía decidido a seguir adelante sin quejarse de nada. Esa era seguramente la diferencia fundamental entre nosotros: yo hacía el viaje de forma voluntaria, pero a él le iba todo en el empeño, no había vuelta atrás.

Para desayunar, Dimitri cogió una mazorca de maíz, y machacó los granos con una piedra, mezclando la harina resultante con agua para obtener una masa que empezó a comerse. Lo probé y parecía que podía alimentarnos. Ese día debíamos hacer unos 40 kilómetros a pie. Hubiéramos agradecido unas bicicletas, aunque al final no anduvimos tanto, porque en una de las carreteras apareció un campesino con un carro de heno tirado por un caballo que se ofreció a llevarnos un trecho. El hombre hablaba algo de rumano, palabras sueltas, las suficientes como para ofrecernos algo de comer cuando llegamos a su pueblo. Se lo agradecimos ayudándole a reparar el tejado de un granero que no estaba en muy buen estado. Dimitri era capaz de arreglar cualquier cosa. Esa noche dormimos en ese mismo granero. No es que en mi ciudad las cosas fueran muy bien, pero se podía comprobar que la gente vivía en el siglo XXI; sin embargo ese día en una aldea perdida cerca de Debrecen en Hungría, me pareció vivir en plena Edad Media.

Nos lavamos un poco al día siguiente y seguimos a pie hasta Debrecen, que no estaba demasiado lejos; calculamos que en tres horas podríamos llegar. Mientras caminábamos empecé a pensar en qué pasaría si nos poníamos enfermos, o si no podíamos comer durante varios días. Creo que a Dimitri yo no le caía demasiado bien, o tal vez era un hombre de pocas palabras; aún así, mi tarea también consistía en que me contase cosas de su vida, de sus intenciones en el futuro, de su pasado.

En Debrecen cogimos un tren que iba a Budapest, pero no pudimos engañar completamente a los inspectores húngaros: estaban muy experimentados con gente como nosotros, y en vez de bajarnos del tren en la primera estación, al llegar a ésta, nos entregaron a la policía que había sido previamente avisada. También éstos estaban experimentados, y tras quitarnos todo el dinero que encontraron y reírse un poco de nosotros, nos dejaron marchar dándonos empellones. Estábamos en Szolnok, a unos 120 kilómetros de Budapest, y la verdad es que no nos quedaban ganas de volver a subir al ferrocarril. Encontramos un comedor para indigentes en el centro de la ciudad, y decidimos que cenaríamos allí. Seguimos a otros indigentes para ver dónde podíamos dormir, y nos acomodamos en una nave abandonada dónde se amontonaban varios de ellos. Había que salir de allí, pero yo no quería intervenir demasiado, y dejé que fuese Dimitri quien tomase la determinación; me acordaba del famoso principio de indeterminación de Heisenberg que había estudiado en la universidad, y lo aplicaba al caso: mi presencia perturbaba enormemente el objeto a estudiar, y había que minimizar esta perturbación.

Dimitri decidió que viajaríamos ocultos en un tren de mercancías, y así nos evitaríamos la presencia incómoda de los inspectores; Budapest estaba aún demasiado lejos como para ir andando, y cualquier otro medio de transporte se nos antojaba mucho más complicado. Fue una gran idea. Dimitri miraba todo en Budapest con gran interés, deslumbrado por el Danubio, por las soberbias vistas del río, del parlamento desde la ciudadela. Observamos enseguida que había una intensa vida subterránea entre los pobres de solemnidad, los sin techo, que contrastaba con la velocidad del turista lleno de cámaras y de forints, la moneda del país. Allí podíamos comer dos veces al día en comedores habilitados por el ayuntamiento de la ciudad, y teníamos un sitio donde dormir. Pasamos allí tres hermosos días, en los que Dimitri me contó que estaba divorciado de su mujer, que tenía un hijo de seis años al que apenas veía, pues su mujer se había vuelto a casar y se había ido a vivir a Bucarest, lejos de Bistrita. Creo que fue en un comedor de Budapest donde cogí el virus, aunque los síntomas no aparecieron hasta que llegamos en un mercancías a Gyor; entonces tras encontrar de nuevo un comedor social, empecé a sentir fiebre y escalofríos. Dimitri me cuidó durante una semana, proporcionándome comida caliente y esa compañía tan necesaria en momentos de debilidad. Fueron días terribles, interminables, en los que lamenté haber pensado que Dimitri me dejaría tirado a las primeras de cambio, pues creí que su objetivo estaba muy claro, llegar a España lo antes posible, pero como otras tantas veces, estaba equivocado. En cuanto pude moverme, cogimos un mercancías pensando que iba a Viena, pero al llegar a su destino nos dimos cuenta de que estábamos en Bratislava. Teníamos un hambre enorme, y en un restaurante autoservicio que vimos en el centro, entramos a comernos los desperdicios que habían dejado los comensales. Nadie nos molestó hasta que nos fuimos, tal vez era una práctica habitual entre los pobres de ese país.

Al día siguiente, temprano nos colamos de nuevo como polizontes en un tren de mercancías, en unos vagones llenos de ruedas para coches; era cuestión de minutos llegar a Viena; allí, gracias a nuestro pasaporte de italianos pensamos que todo sería más fácil, entraríamos en Italia, y desde allí ya veríamos como nos las arreglábamos para ir a España. A los pocos minutos de haber partido, el tren se detuvo, y escuchamos como alguien daba voces e iba abriendo las puertas de los vagones. Pensamos, como así era que estábamos en la frontera con Austria, y como dentro del vagón era imposible esconderse, nos dispusimos a saltar del vagón en cuanto abrieran la puerta. Así lo hicimos, saltamos y empezamos a correr. Oí disparos y me detuve levantando las manos instintivamente. Delante de mí vi sin embargo a Dimitri que no se detuvo, y a los pocos pasos fue alcanzado por los disparos. Cuando llegaron los soldados y me pude acercar a él, estaba agonizando.

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La Galatea

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No estaba avisado. En mi pequeña ciudad nunca sucedían estos robos. Reaccioné persiguiendo al muchacho, pequeño, hábil, escurridizo: me había sustraído el teléfono móvil. Lo localicé por el movimiento; entró en un portal antiguo, de jambas pesadas de madera siempre abiertas de día. La escalera crujió. Calculé el segundo piso. Esperé. Lo atrapé media hora después, bajo la puerta entreabierta. El pasillo era un horror de objetos amontonados. Con el pasmo de esa visión consiguió zafarse. Huyó escaleras abajo. Cinco puertas cerradas con llave daban al pasillo; al fondo sobre la única estantería rebosante de trastos, destacaban unos veinte libros encuadernados en piel, antiguos, desgastados: “La Galatea”, Madrid, por Juan de Zúñiga, Año 1736. Todos los ejemplares idénticos, estaban agujereados en su extremo inferior derecho, como por un berbiquí, atravesados y atados por una cuerda antiquísima. Escuché un ruido, desgajé uno como pude y escapé con él bajo el abrigo.

Eduardo Izquierdo Iglesias

Alonso y Dulcinea

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Alonso cabalga bajo las estrellas manchegas, su caballo es joven y brioso, y él un apuesto mozo heredero de una nada despreciable fortuna. Se ha pasado la noche leyendo la amorosa estancia de Tirante el Blanco en la corte constantinopolitana: la pierna quebrada tras visitar a Carmesina en sus aposentos y saltar al vacío. Aún no conoce las vicisitudes que habrá de pasar en tierras africanas antes de poder volver victorioso a los brazos de su amada.

En el Campo de Criptana, Quijano cree divisar el movimiento de un cometa en el firmamento, se llena su pensamiento de la sonda Rosetta, a través de cuya cámara cree vislumbrar a un extraterrestre de largas piernas y brazos descomunales: Brandibarbarán, lo bautiza de inmediato. Minutos después el sol naciente refulge en sus gafas Ray-Ban y le hace ver al desproporcionado alienígena materializarse en su camino. “Sus y a ellos” le grita a su adormilado acompañante Eneko Sancho, el gordito Erasmus suizo que se aloja en su casa. Eneko, al levantar la cabeza de su montura, no observa sino un torbellino de arena y polvo, fruto sin duda de la diferencia de temperatura en dos capas contiguas de viento, tal y como le han explicado en la universidad de Alcalá.

-Mire vuesa merced, que no es alienígena, sino tornado-, acierta a balbucear el empollón, descendiente de españoles emigrados a Suiza en los años setenta del siglo XX.

Alonso ya hace cabriolas sobre su corcel y lo espolea hacia el lugar de donde proviene la turbulencia que le causa el espejismo. El vórtice se desplaza con tal velocidad que es como perseguir a una sombra chinesca: sudoroso y jadeante, Quijano rememora las figuras del teatro negro de Praga que ha visto en Youtube. Cuando llega Eneko a su altura, entablan una animada conversación sobre los flujos de temperatura que provocan esos remolinos tan espectaculares en la tierra seca: Alonso opina que es demasiado temprano para que la diferencia de temperatura sea significativa en el aire; Eneko, sin embargo, refiere episodios conocidos de turbulencias en los amaneceres que ya relataron viajeros del dieciocho, como el Marqués de Langle o el historiador canario José de Viera y Clavijo.

La galopada les ha abierto el apetito y Alonso Quijano, que ejerce de guía, calcula que apenas les separan dos leguas de El Toboso y que deberían almorzar en la Taberna de Dulcinea. Sabe que Eneko es de buen yantar y allí se pueden calzar unos buenos huevos a la porreta, con sesos de cordero y cebollitas de los huertos tobosinos, o unos duelos y quebrantos: revuelto de huevos con tocino de los puercos locales.

Dulcinea luce tras la barra de la taberna epónima con una sonrisa que se acrecienta al ver llegar al esbelto Alonso y al rechoncho Eneko. Alonso, estirándose sobre la barra, alcanza a darle un piquito a Dulcinea, al tiempo que le pasa, envuelto en una bolsa de tela de una conocida marca de zapatos, el segundo volumen de Tirante el Blanco que ha extraído de su bolsa en bandolera.

Algunas noches Alonso se queda en El Toboso a dormir en el pequeño apartamento de Dulcinea. Cada noche él lleva a cabo su proyecto de escribir, revisadas, las aventuras de su tocayo literario, humanizándolo aquí, imaginando nuevos episodios allá, una especie de modernización de lo que Pierre Ménard, el personaje de Borges trató de conseguir medio siglo antes. La ficción y la realidad no existen, se confunden y complementan, Alonso lo sabe bien y Eneko trata de comprenderlo para elaborar su tesis: “Los nuevos Quijotes en el siglo XXI”.

Dulcinea colabora y estimula la ambición literaria de Alonso. Sabe que él tiene un don para observar detalles, asimilarlos, digerirlos y convertirlos en material literario. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Alcalá y por las mañanas prepara sus oposiciones para ser profesora de Secundaria.

Ambos han leído el Ingenioso Hidalgo un sinnúmero de veces y tienen sus códigos, sus bromas compartidas sobre algunas sentencias del Alonso cervantino. Nada de él les es ajeno.

Eneko no puede apartar sus ojos de Dulcinea, admirado y encantado, como si fuera la misma ensoñación quijotesca encarnada y real: observa cómo ella extrae de su mochila, tras la barra, un cuaderno de tapas negras, Moleskine sin duda, y se lo entrega a Alonso. Está allí su último poema, ese que hoy le servirá a él para reelaborar otro episodio quijotesco:

El vendaval ha dejado un rastro

de hojas volanderas. Algunas permanecen

estampadas en las alambradas,

como pájaros blancos sobre cables de luz

o sábanas en un tendal […]

Dulcinea sabe que Alonso verá un rebaño de ovejas merinas, que las transmutará en un ejército de sarracenos de vestiduras extremadamente blancas, con sus sables de acero reluciente, que se imaginará en su caballo, lanza en ristre al galope tendido, uno contra cincuenta, contra cien, contra quinientos, al tirantesco modo. “No oigo otra cosa –dijo Eneko- sino muchos balidos de ovejas y carneros”. “El miedo que tienes -respondió Alonso- te hace, Eneko, que no veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos […]”.

La tesis de Eneko, no por surrealista dejará de ser valorada cum laude. Alonso y Dulcinea disfrutan de su amor y de la literatura que comparten, alegres las más de las veces, conscientes de su felicidad y de su idiosincrasia peculiar, capaces de profundizar y de subvertir y transmutar hasta el infinito los escritos cervantinos.

FIN

Eduardo Izquierdo Iglesias

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Delmira

         Delmira

Mi homenaje a Delmira Agustini, poeta uruguaya

Delmira

1907 El libro Blanco

Todo el mundo piensa que mi poesía no es sincera porque no nace de la experiencia sino de mi sensibilidad femenina, y en el fondo, de mi inteligencia. Seguramente nadie criticó a Stendhal por su descripción de Julian Sorel, por no haber vivido en carne propia los tormentos del joven sacerdote enamorado. Mi sensibilidad nace muy dentro de mí, y tiene que ver con mi cultura, con mis lecturas, con mi imaginación.

Mis padres me han cuidado siempre, sé que soy una privilegiada por estar en la posición en la que nos hallamos en este Montevideo provinciano y cotilla. Soporto a duras penas las obligadas reuniones sociales. Mi vida son mis lecturas, mis poemas, los semanarios que llegan de Europa. Reconstruyo cómo será todo por allá, en una especie de doble vida imaginada en la que soy más mundana, independiente, no sometida al capricho de ningún hombre, capaz de dispensar y recibir un placer aún sólo potencialmente evocado.

1910 Cantos de la mañana

Se miró una vez más en el espejo y ya no se vio. ¿Dónde estaban el color cambiante de sus ojos, la belleza por la que tanto la habían banalizado? Cogió su pluma y escribió: ¿Por qué fui tu vampiro de amargura? / ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura / que come llagas y que bebe el llanto? El secreto le pesaba como una losa, pero era tan dulce, tan adictivo. Además la volvía tremendamente prolífica. Antes de acostarse aún llenaría unas cuantas hojas, eso era seguro, que luego su padre trascribiría como hacía siempre, cautivado por la creatividad de su niña, ajeno o ignorante. Siempre protector.

Lo necesitaba, necesitaba sentir el placer y el dolor, y las contradicciones que emanaban de cada uno de sus encuentros furtivos, las palabras dichas y las no pronunciadas, los silencios, las esperanzas no alcanzadas, las comuniones. Ahora bebía allí, en ese desorden de sensaciones, de emociones. Lo que su cuerpo no alcanzaba lo hacía su alma; su escritura era fresca, le gustaba tanto que no podía luego dejar de releer lo que había escrito, sabiendo que cada verso, cada metáfora, era él quien sin percatarse se la había dictado, se la había grabado a fuego en su piel.

Hasta que él apareció, viril, apuesto, un gallo de corral como decía su madre, siempre impecable, las camisas almidonadas de un blanco inmaculado, Delmira se ejercitaba en la poesía; sabía lo que debía expresar, conocía las palabras, intuía las sensaciones, era consciente del juego modernista de la rapidez necesaria en el poema, de la sonoridad cantora conseguida con rimas constantes en el interior del verso. Le gustaba, buscaba palabras exóticas y las ensamblaba con relativa facilidad, pero aunque atrevidos, eran vanos poemas. Su llegada, su contacto con aquel hombre, logró que éstos cobraran vida.

Mientras él la visitaba en la ciudad, lo fue idealizando. Montevideo era entonces una ciudad contradictoria. Siempre elegante y conservadora, había aprobado recientemente la primera ley del divorcio en el continente y se aprestaba a admitir a las mujeres en su Universidad. Ni siquiera Buenos Aires, el espejo en el que se miraba en el Río de la Plata, gozaba de una libertad parecida. Sin embargo, en la hacienda que regenta Enrique Job el tiempo parece haberse detenido hace dos siglos. Él es el amo y señor, nada escapa a su control; allí no hay lugar para sutilezas o detalles, todo se organiza al por mayor y sin dilación cuando una orden suya es emitida.

Cuando Delmira comprendió que necesitaba la experiencia del amor para pasar de mostrarse en sus poemas como una pitonisa de Eros etérea y frágil a una sacerdotisa conocedora de ritos iniciáticos y secretos, posibilitó una segunda vía de acercamiento de Enrique Job Reyes, más allá de las visitas rituales que al noviazgo bien, convenían en su sociedad.

Enrique jugaba el papel de novio a la perfección, en las dos dimensiones en las que trataba con Delmira se desenvolvía a las mil maravillas, haciendo todo lo que se esperaba de él: alababa las virtudes de su novia, se maravillaba de cómo tocaba el piano o fingía leer con arrobo los poemas de su pretendida. Mientras en secreto era un amante entregado, no refinado ni atento, pero sí muy impetuoso.

Los plazos del noviazgo ritual se van cumpliendo y Enrique la quiere para sí todo el tiempo, y lejos de las sutilezas de la ciudad, de los protocolos de la familia Agustini. Delmira comprende algo tarde que su independencia y su libertad están en juego. Se ha transmutado de pitonisa en sacerdotisa y ahora debe ejercer de hechicera.

1913 Los cálices vacíos

Lejos del placer físico, siento un nudo en mi centro de gravedad que se desplaza en todas direcciones quemándome como un fuego. Hemos creado un espacio epistolar en el que convergemos de una forma tan precisa, tan preciosa, que apenas me interesa lo que acontece fuera de él; nadie hasta ahora me había comprendido de semejante manera: Manuel Ugarte, Manuel, Manuel, sólo un nombre, una adicción; hasta la fibra más minúscula de mi ser está perturbada. Espero sus cartas con ansiedad, apenas puedo esconder mi alteración.

Manuel ha dado una conferencia espléndida en Montevideo en esa gira que le lleva desde hace años por todos los países latinoamericanos avisando de la expansión imperialista. ¡Cuánto mundo, cuántas experiencias en esa vida de novela, cuánta admiración! Sé que mi vida con él es imposible; su carrera lo es todo para él, para todos a quienes representa; además me siento atraída por Enrique como una polilla que vuela inconsciente hacia la hoguera que brilla en la oscuridad; quiero su sexo, su ímpetu, la seguridad que me proporciona.

1914 Los astros del abismo

Delmira me escribió unas semanas después de sus esponsales: “Usted hizo el tormento de mi noche de bodas”. Esa frase me persigue allá dónde vaya. Supe todo lo que pasaba por su cabeza desde su boda, la vida que ella consideraba vulgar en un rancho de caballos, la atracción física que seguía sintiendo por su marido del que estaba muy lejos en todos los demás planos. Reviso una y otra vez mi correspondencia con ella en esos días, la convergencia sutil, el descubrimiento casi simultáneo del amor que sentíamos el uno por el otro, pero sobre todo la comprensión y la confianza mutua, los poemas que me dedicaba, el desgarro interno que sentíamos por no poder abrazarnos libremente. Urdimos su divorcio, a sabiendas de que Reyes se sentiría herido en su virilidad: la “sacerdotisa de Eros” despreciando toda la masculinidad impostada de este hombre atlético y rudo.

Sí, yo di rienda suelta a todos mis sentimientos hacia ella en mis cartas. Pensé que la serpiente en que se había convertido se erguiría si nos encontrábamos al fin, si lograba hacerla mía; si la cubría con mis besos podría protegerla frente a todo lo que la angustiaba. Ella sin embargo se sabía perdida, obtenía placer sufriendo nuestra distancia; podía sentir su dolor en el papel luego de romper el lacre cuidadoso de sus sobres exquisitos. En el tacto de sus cartas estaba ella, estaba su olor, pero estaban también sus confesiones, sus temores, su sufrimiento.

No soy en sus cartas Manuel Ugarte, político experimentado, viajero utópico, soy un reflejo suyo, ella me decía un “reflejo discordante”. Cobra sentido entonces plenamente su poema “El vampiro”; supe sin saberlo que había vuelto a ver a Enrique, su atracción y su rechazo; supe de la tarde triste de ese mes de julio invernal en Montevideo en la que ella invocó su dolor, ejerciendo de hechicera tal y como había deseado, seguramente consciente de lo que estaba haciendo, de su huida hacia adelante necesaria, de todo el dolor acumulado, del placer con que lo estaba exprimiendo hasta agotarlo; supe que una vez consumado su divorcio ya nada tenía sentido para él, que ella era consciente de todo el dolor que había entre ambos y sin embargo no podía dejar de morder en esa herida y recrearse en ello consciente de que no había retorno. Él la mató de dos tiros en la cabeza y luego se suicidó en una habitación alquilada convertida en santuario maldito de melancolía.

Quizás podía haber evitado este desenlace trágico; esa duda me perseguirá de por vida, mas en el fondo de mi ser sabía que Delmira era consciente de todos sus actos y, ni tan siquiera mi presencia o mis abrazos o el haberla cubierto de besos, la habrían disuadido de cumplir el destino dictado por sus poemas.

Eduardo Izquierdo Iglesias

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Malick

En Homenaje a Malick Sidibé fallecido hace escasos días

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Acudí a una exposición de Malick Sidibé. Me pareció un gran acontecimiento poder ver aquellas fotos en la sala municipal de exposiciones. Estaba sólo en la sala, y me dispuse a contemplar las fotos sin prisa. En el pequeño folleto que me habían dado a la entrada, decía que había nacido en Mali y era el ganador del premio Photoespaña Baume et Mercier 2009, además de otra lista de premios que ya no me molesté en leer. Decía también que había creado un estilo al retratar la vida cotidiana en Bamako en los años 60 del siglo pasado. Apenas me había detenido en el primer retrato, una chica muy bella con sombrero, posando con los brazos en jarras, en un estudio, de pie sobre una colcha en el suelo, y en la que a primera vista llamaban la atención los pantalones ampliamente acampanados y la blusa muy ceñida, cuando entraron en la sala una veintena de adolescentes acompañados por quien parecía ser su profesora. Los chicos y chicas uniformados rápidamente se han dispersado por la sala, invadiendo cada espacio, sin detenerse demasiado en ninguna foto; los chicos con los chicos, las chicas con las chicas. Un grupo de tres chicos se ha acercado a esa primera foto que yo estaba contemplando y uno de ellos ha empezado a decir barbaridades y tópicos en voz alta: “a la negra esta si la pillara yo…”. “Menudo polvo tiene la negrita de los pantalones campana…” ha respondido otro. Las chicas que se han acercado tampoco han sido muy benévolas: “menuda pinta de fulana tiene la tía…”; no he podido por menos que decir en voz no tan baja que esa mujer quizás ya habrá fallecido, que la esperanza de vida en Mali no es como la de aquí y que esa fotografía fue tomada en los años 60 del siglo pasado, han pasado más de cincuenta años. Al decir lo que pensaba en voz alta, otros chicos se han acercado, me han hecho corro, y me escuchaban como si fuera importante lo que les decía; eso me ha animado a seguir. Les he hablado de las circunstancias difíciles en Bamako, de lo complicado que le resultó a Malick Sidibé salir adelante, aprender a usar una cámara fotográfica, montar un estudio de revelado, de lo que tuvo que trabajar haciendo fotos en las fiestas nocturnas de su ciudad a las que llegaba en bicicleta, y de cómo le llegó el éxito sin apenas participar de él cuando en los años 90 fue descubierto por un especialista en arte africano que le dio a conocer en Europa. En 2007 ganó el León de Oro de la Biennale de Venecia, y en 2009 el Premio PHotoEspaña Baume & Mercier. Pero a pesar de los premios y de la calidad de su fotografía y de todo el trabajo que había hecho, yo lo había visitado en Bamako, en su barrio de Bagadadji, en su pequeño estudio en el que me había retratado, aunque ahora su afición principal le llevaba casi todo el tiempo: reparar cámaras de fotos antiguas. Los chicos y su profesora me han escuchado embobados, y una de las chicas me ha preguntado si de verdad lo conocía.

Enseguida han perdido el interés de lo que les había contado, aunque quizás una semilla sí había quedado en su interior: con estos chicos adolescentes nunca se sabe, quizás lo que menos esperas les prende en el cerebro y, con la cantidad de posibilidades técnicas que hay ahora, se ponen a investigar a su manera. Yo ya no sé nada de Malick actualmente. La profesora se ha quedado preguntándome cuanto se le ocurría. Enseguida me he dado cuenta de que era de las que, cuando muerden una presa, no la sueltan fácilmente. Le conté sucintamente mi viaje a Mali en bicicleta y cómo en Bamako nos informaron de quién era Malick Sidibé, una especie de mito viviente, alguien que había retratado a la gente con lo que cada uno quería mostrar de sí mismo, un testigo impagable de la evolución de la sociedad maliense desde la independencia francesa. También le dije que había fotografiado los diversos golpes de estado que se habían ido sucediendo en Mali, y que ahora, según tenía entendido, la inestabilidad era grande y hacía un año que las tropas francesas habían tenido que intervenir ante la inminente posibilidad de división del país y el establecimiento en Tombuctú de la Sharía por los Tuaregs. Seguimos hablando y le comenté las observaciones que habían hecho sus alumnos, observaciones despectivas y sexistas que seguramente no mantendrían de forma individual (los había visto cómo se comportaban en presencia de la profesora y de mí mismo y entendía que no eran malos chicos, más allá de una suficiencia y pretendida superioridad por tener a su alcance tantas comodidades), pero que, rodeados de sus compañeros, creían necesario expresar para reforzar su papel en el grupo. Mercedes, que así se llamaba la profesora, me dijo que sí, que en efecto no eran malos chicos, pero que tendrían que esforzarse más de lo que estaban acostumbrados a hacerlo, y que además les vendría bien hacer un trabajo sobre aquel personaje casi anónimo que acababan de descubrir en la exposición. Me preguntó si sería posible acceder a él, a Malick, de alguna forma. Yo no lo sabía, ni siquiera sabía si estaba aún vivo; conservaba como un tesoro, perfectamente enmarcado, colgado sobre una de las paredes de mi nueva casa, tras mi divorcio, el retrato que él me había hecho unos años antes, pero entonces tuve una idea y se la conté a Mercedes de forma concisa. Por el modo en que le brillaron los ojos, supe que era una profesora comprometida con su trabajo y que la idea que yo había pergeñado le hacía ilusión verdaderamente.

Lo que se me ocurrió no era novedoso, al menos en el mundo del periodismo al que pertenecía, pero quizás sí lo era para unos estudiantes, dada la naturaleza modesta de quien sería entrevistado y la dificultad de acceder a alguien en un país africano con una cierta inestabilidad en estos días; pero Mercedes, la profesora, abordó el asunto con tal energía que no pude menos que ofrecerme a publicar la entrevista y hacer un reportaje en mi programa de radio si sus alumnos conseguían hacerla.

Al salir de la exposición unos minutos más tarde, según caminaba por las calles desiertas de mi ciudad, bajo el frío seco que tan bien conocía, no dejaba de pensar en el brillo de los ojos almendrados de Mercedes, en la atención con que me había escuchado para después desplegar todo un plan de acción tendente a conseguir lo que yo le había propuesto: que un grupo de sus alumnos investigase cuanto pudiese sobre Malick Sidibé en Internet, en francés y en inglés principalmente, y elaborase un cuestionario con las preguntas que les gustaría hacerle al fotógrafo, y después que trataran de ponerse en contacto con alumnos de su nivel de algún centro educativo de Bamako, para que fueran ellos físicamente quienes hicieran la entrevista; podían grabarla y enviársela a través de un simple correo electrónico. Todo eso llevaba trabajo y sincronización, y una labor de traducción que podrían hacer alumnos que cursasen francés como optativa de bachillerato.

Mercedes me llamó por teléfono unos días después para contarme algunas novedades; yo había empezado a escribir un artículo sobre la gestación de aquel proyecto y, al escuchar su voz, me llevé un agradable sobresalto. Me dijo que mientras ella y una profesora de francés de su centro trataban de establecer contacto con un liceo de Bamako, los chicos tenían ya un casting organizado a distancia entre varios adolescentes malienses: unos contactados a través de Twitter, otros a través de Facebook y otras redes de las que no había escuchado hablar nunca.

Pensé que iba a ser un desastre, que primero estaban actuando y luego pensando, en vez de planificarlo con calma. Con este modus operandi, seguramente marearan al pobre Malick a entrevistas. Enseguida empecé a imaginarme decenas de preguntas repetidas por adolescentes impertinentes y él, ya septuagenario, sin saber cómo defenderse del asunto en su estudio-taller de Bagadadji. Lo conocía lo suficiente como para saber que aguantaría una y otra vez la misma pregunta con un estoicismo desconocido en esta latitud norte nuestra. Cuando le conté esto a Mercedes, me dijo que no me preocupara, que sus alumnos con esto eran mucho más hábiles de lo que pudiera imaginarme y que tenían soluciones para todo: no habían contado a nadie de qué se trataba y sí que se habían molestado en buscar algo que proporcionar a cambio del trabajo de sus corresponsales: habían conseguido comprar un móvil chino a través de internet, poniendo dinero entre todos, para enviar a Bamako como premio a quien decidieran que hiciera la entrevista, y de paso trataban de conseguir que grabaran en vídeo pequeños fragmentos de lo que les contara Malick Sidibé.

En los días siguientes seguí muy de cerca lo que hacían los chicos con la entrevista; quedaba con Mercedes todos los días con la excusa de conocer los detalles nuevos, pero en realidad sabía que ambos nos gustábamos mucho. Me fue contando cómo sus alumnos habían elegido por fin un candidato para ir a visitar a Malick: Salif Louis era un chico de 16 años, estudiante del Etablissement Liberté de Bamako, el centro de enseñanza más cercano a Bagadadji, un liceo en el que el aprendizaje era exclusivamente en francés y con el que los profesores de idiomas del colegio en el que trabajaba Mercedes se habían puesto en contacto. Salif vivía no demasiado lejos de la calle 30 de Bagadadji, un barrio absolutamente cuadriculado como pudimos comprobar en Google Earth, además era muy aficionado a la fotografía y conocía a Malick. Al ver la foto del satélite no pude menos que evocar mi visita a Bamako unos años atrás: perros, desorden, cables y postes de luz por doquier, suciedad, plásticos que había arrastrado el viento, y muchas motos levantando polvo, un polvo rojizo que todo lo cubría.

Mercedes ha llegado a mi casa, estaba radiante, traía noticias frescas: en su cartera tenía la entrevista en francés que Salif Louis había hecho a Malick, con las preguntas que sus alumnos habían elaborado. Me ha abrazado y nos hemos besado largamente, mirándonos a los ojos, sonriendo. Cuando hemos recuperado el resuello, me ha contado que tenía varias fotos de Malick que Salif había conseguido enviar. En sus ojos he visto muchas cosas, el orgullo que sentía por el trabajo que habían hecho entre todos, la satisfacción y una chispa incipiente de amor hacia mí.

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